«Red»: una obra maestra que Mendoza aplaudió de pie

 

 

No todos los días se tiene en la provincia la posibilidad de ver en vivo y en directo el talento de un actor de raza como Julio Chávez. Es por este motivo que la llegada a la cartelera local de la obra «Red» que encabeza el aclamado actor, supuso de antemano motivos suficientes para pagar una entrada al teatro. 

Con este boleto de garantía, la concurrencia a las dos funciones que brindó la puesta en el Teatro Plaza de Godoy Cruz fue numerosa. De alguna manera, respondió a la expectativa de un público atraído por la presencia de uno de los grandes de la actuación actual, pero al mismo tiempo y más allá de la figura, significó la posibilidad de conmoverse con una obra de una sensibilidad extraordinaria.

¿Qué es el arte? Quizás sea esta una de las preguntas más difíciles de responder por el hombre sin entrar en contradicciones y puntos de vista disímiles. Es justamente allí donde se para el texto del dramaturgo estadounidense John Logan para retratar con poesía el perfil del artista Mark Rothko, referente del expresionismo abstracto. Pero también, es el lugar para plantear una relación que se va construyendo entre alguien que ya tiene creada su concepción del arte y del mundo y alguien que está empezando a delinear los primeros trazos de su boceto existencial.

De este modo la pieza, dirigida por Daniel Barone, se enriquece al estructurarse sobre varias capas argumentativas, teniendo como único sostén en escena el intercambio vivencial y verbal que se da entre Rothko (Chávez) y Ken, un joven artista que el pintor contrata de asistente para que lo ayude a cumplir con un importante encargo. Interpretado por Gerardo Otero con mucho carácter.

Son ambos actores los que se ponen al hombro el desarrollo de la historia y salen engrandecidos por la ejecución de cada uno de sus roles. Chávez despliega presencia y intensidad, encarnando a un hombre que hizo del arte una filosofía de vida; mientras que Otero se mete en la piel de un personaje por momentos ingenuo por la falta de conocimientos respecto de su mentor, pero que con el correr del tiempo, irá adquiriendo la confianza suficiente para plantear sus propias ideas. Es allí donde el vínculo cambia y la tensión generacional entre ellos se desvanece para tomar un camino liberador para los dos. 

Así mismo, durante la obra varios tópicos aparecen para quedar retumbando en el espectador. El color rojo se convierte en un elemento crucial para indagar sobre el interior del pintor, pero también quedarán para posteriores reflexiones los planteos acerca de cómo debe percibirse una obra de arte, qué función social cumple, cuál es su valor moral. Mientras todo transcurre en el taller de Rothko en una época de quiebre dentro de las corrientes artísticas (1960), la pieza intelectualiza sobre el universo complejo de las artes visuales, hace foco en sus principales exponentes y deja abierta la puerta a un debate sin respuestas certeras. 

Con todo esto puesto sobre el escenario, lo conmovedor de «Red» es sin dudas su contenido y la exposición de un vínculo humano tan real como enriquecedor. «El hijo debe respetar al padre, para después matarlo», sentencia un Chávez metido hasta la médula en su personificación de Rothko.  Las actuaciones son memorables y la necesidad de ver la obra por segunda vez, se le presenta a uno como un hecho ineludible.

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