«Me estoy preparando para la muerte, me angustia»

 

 

 

“Soy una persona rencorosa, pero también una persona que no es careta”, reflexiona el talentoso actor en esta charla a solas con Teleshow. Además a días del debut adelanta el estreno de «El Tigre Verón”, habla sobre las próximas elecciones y confiesa que le faltó algo de descontrol en su vida: “El miedo ha gobernado mucho en mí”

«No es ningún sindicalista en especial», explica hasta el hartazgo Julio Chávez sobre El Tigre Verón. El secretario general del gremio de la carne que compone en el nuevo unitario de Polka deberá enfrentar tanto a sus enemigos como a la Justicia, y ya se tejen teorías sobre qué dirigente sindical lo inspiró para componer el papel.

«Hay dos momentos muy importantes: cuando vos preparás o juntás los elementos con los cuales creés que vas a cocinar, y después, el hecho de cocinar», dice Chávez, maestro de actores, sobre la composición de un personaje. «El hecho de cocinar para mí es cuando empezás a grabar hasta que terminas de grabar. Todos los días volvés a la cocina y vas utilizando condimentos que has preparado y nuevos, que no te esperabas». De ese modo cuenta que para componer a Verón leyó sobre el sindicalismo, y entendió que lo importante no estaba ahí.
«Esto es una historia ficcionada que se construye sobre un espacio que se inicia en el sindicalismo», detalla sobre la miniserie de 12 capítulos que llegará a la pantalla de El Trece el próximo miércoles a las 22.45, podrá verse completa desde el día siguiente en Cablevisión Flow y también se emitirá los sábados a las 23hs por TNT.

—El Tigre Verón es un pesado. Sin embargo tiene momentos muy vulnerables: por ejemplo, en el vínculo con su madre es un nene.

—Está pensado así. En verdad, por mí está pensado así. Para mí el Tigre Verón es un hombre muy reconocible en su vulnerabilidad, en su emotividad, en algo muy argentino también que tiene que ver «con mi vieja no te metés, con mi coche no te metés, con mi gente no te metés». Algo de caudillo. Una especie de afectividad anarquista en un sentido, de ser autónomo, de no ser domado. Para mí eso nos quedó un poco del gaucho, de una idea. También tiene que ver con el macho.

—Hay algo interesante en la construcción del personaje: el malo no es todo el tiempo malo, y puede tener su momento emocional, puede querer acercarse a un hijo…

—Pero es como dice (Bertold) Brecht: «No hagas al policía malo, porque el hecho de que a veces el policía hace abuso de poder no significa que sea todo el tiempo malo. Inclusive si es amoroso. Y al pobre no lo hagas todo el tiempo pobre, el hecho de que tal vez el tipo sea un antipático, ¿por eso merece ser pobre?». Es una lección muy elemental que los actores recibimos a muy temprana edad y que te advierte que el ser humano es el ser humano.

—Te veo muy contento.

—Me dicen eso. Parece que estoy actuando de más (risas). Se me fue la mano. Estoy contento. Estoy contento, sí.

—¿Y a qué lo atribuís?

—Estoy contento con el oficio y estoy agradecido. Han pasado muchas décadas, te diría, y han pasado muchos años, y sigo teniendo el privilegio de que se me sigan dando partidos que para un actor son buenos partidos. Eso es algo que hay que agradecer, porque podría no ser así.

—Hemos hablado de la importancia de la actuación en tu vida, es tu lugar en el mundo.

—Y… para mí sí. Le decía a un colega tuyo que insistía en llevarme al asunto político, y entiendo que tal vez para él es un espacio que le interesa más, pero yo me resistía: no es el espacio ideológico mío, mi militancia no está ahí. Y no me metería por respeto, porque sería un opinólogo. Y yo no opino, yo pienso. ¿Y desde qué espacio pienso? Desde el espacio de la actuación.

—Trabajar de lo que a uno le gusta es un lujo enorme. Levantarse contento a la mañana para ir al trabajo…

—Sí, contento, preocupado. Porque la preocupación también es un lujo de la vida. La pre ocupación, estar ocupado, estar interesado en un problema, tener un problema. Pero no problemas de los que tenés inevitablemente; problemas elegidos. El problema elegido es una bendición. Cuando vos estás metido en un problema que elegís, el problema de la actuación, el problema del arte, en este caso del arte escénico, para mí es un problema elegido. Por eso no me quejo, porque la queja es esclavitud. Yo no soy un esclavo del trabajo; en todo caso, yo soy un dominado voluntario.

—El ocio te cuesta.

—No, el ocio no lo entiendo. Me produce una profunda tristeza. Pero de verdad no lo entiendo. Más te digo, me aburre ver a la gente de vacaciones. Eso que a la gente le gusta mostrarse. Yo no entiendo… (risas).

—No podrías tener tu Instagram mostrando una foto en el Caribe.

—No tengo Instagram pero por otros motivos, porque lamentablemente no tengo mucha cintura para ese asunto. Para las redes… no, no.

—¿Qué no te gusta de las redes sociales?

—No abro la puerta a cualquier opinión. Para mí no es anónimo, para mí que cualquier persona, aunque no tenga su carita puesta, diga una frase negativa, a mí me cuesta.

—Alguna vez me dijiste: «Puede estar todo un teatro de pie aplaudiéndome y si veo uno sentado en la platea que no se conmovió, me arruina».

—Sí. Ahí también hay una especie de cosa infantil que mi padre ya me decía cuando era chico: «Julio, son diferentes, no todo el mundo te va a querer, a no todo el mundo le va a gustar». Yo lo comprendo perfectamente bien, yo no le mandaría una carta documento. Ahora, ¿si me gusta? No, no me gusta. ¿Si la paso bien? No. ¿Si soy vulnerable? Sí, muy vulnerable. Y para mí las redes hoy ocupan un lugar que a veces me sorprendo de las cosas que leo,
enormemente.

—Si vuelvo un poco a las características del Tigre Verón, ¿vos, en tu vida personal, en qué momento tenés esa cuota de usar el poder, del nombre que tenés? ¿En qué momento te has tenido que acomodar un poquito?

—Cuando tengo que articular una mirada acerca de una escena.

—Siempre respecto al arte. ¿No has ido a un lugar a decir: «Soy Julio Chávez»?

—No, no. Más te digo: intento estar muy atento a esas cuestiones. Por supuesto, tengo un perro que es muy ambicioso, pero a mi perro me ocupo yo de qué le doy de comer. Hay comida que sé que es comida peligrosa. Entonces, a mí mismo me doy de comer, y a veces me limito a la comida diciéndome: «¡Epa!, cuidado con esto, porque empezás a comer de esto y se terminó». Hago un ejercicio a veces de… no me gustan cosas muy agradables o muy cálidas de la gente, (como) a veces, querer atenderme antes; no lo permito. Pero no lo permito como ejercicio y entre otras cosas como estrategia, porque cuando me llegue la muerte tengo que estar preparado que no va a ser con beneficios.

—¿Uno se puede preparar para la muerte?

—Yo me estoy preparando.

—Explicame eso.

—Bueno, nada. Yo pienso en el asunto preparando.

—Pero sé que te angustia.

—Sí, por supuesto. No solamente me angustia, estoy a punto de hacerle un juicio al asunto (risas). Pero sí claro, pienso.

—¿Y la angustia la trabajás preparándote, y no alejando la idea de la cabeza?

—No, no. Por suerte el tema se agota durante el día, y se duerme y me deja hacer otras cosas.

—¿Sos buen amigo?

—Por supuesto. Yo creo que sí. Bueno, hago el ejercicio de lo que yo entiendo que sí. ¿Si es que me gusta abrazarlos? ¿Si es que soy cariñoso? No, yo no soy cariñoso. El amigo ese cariñoso no, yo no lo soy. Inclusive, si un amigo me abraza es por un segundito nada más; después guarda la mano. Quiero; quiero mucho y soy leal. Pero soy una persona muy ocupada también. No soy de los amigos: «Tocame el timbre». Eso no existe. Inclusive, puedo ser hasta maleducado. Puede aparecer una íntima, un íntimo amigo, y le digo: «Lo lamento, tengo que hacer cosas».

—¿Te ha pasado?

—Sí, me ha pasado. Y lo saben. Por algo no se me toca timbre (risas).

—No es por ahí.

—No. Porque además tengo un compromiso primario: me ocupo de mí.

—El vínculo principal es con vos.

—Y… la verdad que sí.

—No es con un amor, no es con la familia; es con vos.

—Sí, conmigo, que tiene que ver con el mundo. Es conmigo y el mundo.

—Del 1 al 10, ¿cuán rencoroso sos?

—Muy. Inevitablemente, como ejercicio casi.

—¿También es una decisión?

—En verdad, es una dificultad. Sí, soy rencoroso, soy una persona rencorosa. Pero también soy una persona que no es careta.

—Y te amigaste con eso, no te molesta.

—Cuando algo me hiere vos te vas a enterar que me heriste, y me heriste.

—¿Me lo vas a venir a decir o me voy a enterar?

—Te vas a enterar. Pero también te lo puedo decir. He tenido situaciones en las que me he levantado de una mesa diciendo: «Vos y yo no podemos estar porque vos hablaste mal de mí, sé un enemigo como corresponde. Los enemigos, entendés, como antes, enemigos». Hago escenas (risas).

—Si hay que ser frontal es ahí, no es por atrás.

—No. Bueno, si estratégicamente conviene, puede ser por atrás también (risas).

—¿Cuál es el rasgo de tu carácter que menos bien te cae?

—El temor. Soy muy temeroso. A veces, el miedo ha gobernado mucho en mí.

—¿Sí?

—Sí. Hay miedos que están buenos, preservarse, hay cosas que no están mal. Pero hay otros que digo: «Hubiera podido ser un poco menos temeroso…». O por ejemplo, podría ya dejar de tener miedo.

—¿Alguna vez tuviste miedo a no tener más trabajo, por ejemplo?

—Sí, sí. Pero también, soy una persona a la que la carencia la pone en movimiento. Entonces, hay algo también del miedo: si querés, es una manera de producir nafta.

—Los miedos a veces funcionan como mecanismos de preservarse: en algunas cosas te mantienen del lado más sano de la vida.

—Sí. Pero también está bueno tal vez soltar y no ser tan controlador.

—¿Te faltó un poco de derrape, de rocanrol?

—Mucho, me faltó mucho. Yo soy muy controlado en ese sentido.

—¿Te hubiera gustado probar cosas que no probaste?

—Bueno, sí, tal vez sí. Lo que pasa es que para probar esas cosas debería divorciarme de mí, y yo tengo un lindo matrimonio conmigo (risas).

—Año 2019, año de elecciones. ¿Qué te genera que haya elecciones? Más allá de la alegría de siempre seguir votando.

—Cautela. Cautela de que esa alegría no sea nuevamente un festejo frívolo. Estoy cauteloso, no me siento festivo. Elijo para mí la palabra: «Estate cauteloso, estate sereno».

—En alguna charla, corriendo la ideología completamente de lado, te pedí que eligieras un personaje de la política para interpretar y elegiste a Luis Zamora. En los últimos años han aparecido unos personajes con historias de vida que aparecen en todas las secciones del diario: tenés en espectáculos, en policiales, en judiciales. ¿Te seguís quedando con Zamora, o tenés alguno nuevo?

—A mí me divierte Julio Bárbaro: es de lo más teatral que hay. No digo falso, digo teatral: su manera de hablar, esa cosa que tiene. ¿Cuántos años tiene este hombre que conoció a todo el mundo? Tiene algo que casi de inofensivo, digo yo.

—Podría ser interesante una charla entre ustedes dos, una cena me divierte.

—No, no. Me daría mucho pudor. Además no tengo nada que decirle.

—Espero nunca hacerte enojar. Y si alguna vez lo hago, ya pido disculpas, por anticipado.

—(Risas) No, no, no. Te prometo que no va a pasar.

Por Tatiana Schapiro
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