Intenso trabajo de Julio Chávez

Télam 22/01/2014
Descripción:

La pieza ataca un momento crucial de la vida de Rothko (1903-1970), un pintor estadounidense de origen letón de enormes inquietudes morales y éticas, en el que pauta con un magnate la elaboración de una serie de obras para decorar un restorán de lujo. La tentación es grande y significa 350.000 dólares de hace medio siglo, pero en cierto momento comienza la incomodidad por la presencia de Ken, un discípulo que pasa de ser apenas un empleado para todo uso a una suerte de conciencia que molesta. En el medio se va construyendo una relación asimétrica entre maestro y discípulo que tiene algo de renacentista, porque Rothko se desespera por expresar sus razones y sus angustias, además de lidiar con figuras de moda como Andy Warhol, Jackson Pollock, Roy Lichtenstein y otras lumbreras de moda en los 60. Tampoco le agradan los surrealistas y echa pestes contra Henri Mattise y Pablo Picasso por el despilfarro del color en el primero y la deformación de la anatomía humana en el segundo, pero además porque nunca soportó no ser el primero. Su arte era otra cosa, inscripto a su pesar en la categoría de expresionista abstracto, y consistía en enormes pinturas con rectángulos enfrentados, realizados con finísimas pasadas de pincel y en los que cada color contenía un sentido concreto. Hay una pintura virtual que el público sólo percibe a través de las descripciones, donde el espíritu del artista se manifiesta a través de los colores y allí se explica el título de la obra -«Red», rojo-, donde Rothko les adjudica valores, incluso en su aversión al negro, de declinación y muerte. Hombre de carácter irascible, con un ego a prueba de balas, su taller era una trinchera contra lo irracional del universo y por eso su ayudante es poco menos que un homúnculo: desconoce a Nietzsche y a otros varios, y de Shakespeare apenas puede recitar el «ser o no ser» de «Hamlet». Es allí donde reside una de las aristas clave de la pieza, que además de hablar de filosofía y arte refiere claramente a la formación de un joven por un viejo, a la manera antigua, con la salvedad de que no hay ningún atisbo de vínculo sexual. El trabajo de Julio Chávez como el Mark Rothko (nacido como Marcus Rothkowitz) hebreo que lidia con su judaísmo y ejerce un misticismo muy particular es sencillamente un modelo de comprensión del personaje y su oportunidad para escapar del hieratismo que rondó al actor últimamente. Lo suyo es composición en estado puro, esa capacidad del artista de absorber las entrañas de su criatura y exponerla a la manera de un médium, expulsar sus demonios, transformarse en lo físico y lo vocal, para poder apoderarse de la escena y abarcarla en cada respiración. Es bueno señalarlo cuando por motivos espurios Chávez -actor laureado, maestro reconocido- es atacado a través de las redes sociales, sitios de la cobardía si los hay, por sujetos que opinan sobre cualquier cosa y desconocen límites en su lenguaje. A su lado hay un muy buen trabajo de Gerardo Otero, joven intérprete de la factoría de Claudio Tolcachir, sensible y oportuno, que soporta esa cruz que soportan los segundos y lo hacen dignamente, como sucedió con Joaquín Furriel frente a Alfredo Alcón en «Final de partida» y a Luis Machín frente a Jorge Suárez en «La última sesión de Freud». Claro que ambos tienen la base de un texto nítido de John Logan, un dramaturgo californiano ducho en guiones cinematográficos -algunos del agente 007 James Bond-, cuyos cinco cuadros fueron formateados con sensibilidad por el multifacético Daniel Barone. «Red» se ofrece en el Paseo La Plaza, Corrientes 1660, miércoles, jueves y domingos a las 20.30, viernes a las 21 y sábados a las 20 y a las 22.