Ella en mi cabeza | Leedor.com

 

 

Una mujer ¿es el síntoma de un hombre?. Probablemente la respuesta la puedas encontrar en la obra que presenta Oscar Martinez en el Paseo La Plaza: una comedia para pensar.Ella en mi cabeza
(o Ella en mí)

Por Elena Bisso

Adrián, el protagonista de esta obra, padece de su pensamiento. La vida se le ha organizado alrededor de Laura, su mujer, en la circularidad de una serpiente que se muerde la cola. Si alguien no logra comprender el por qué ?una mujer es el síntoma de un hombre?, puede acercarse a la formulación a través de esta comedia.

No hay respiro en la extenuante proliferación de la realidad de este sujeto que todo el tiempo intenta, aferrado, deshacerse de su sufrimiento; poner un punto y aparte en su frondosa conciencia. La contradicción esencial de este hombre distrae un enigma eterno y silente.
La ?Laura? de su pensamiento es otra de aquella que duerme con él todas las noches. El desencuentro también está indicado acertadamente en el texto de ella.

Julio Chávez interpreta a Adrián. Si uno recuerda el personaje de Un Oso Rojo, ese hombre que apenas hablaba, logrará apreciar aún más el talento y el trabajo de este actor en la creación de un Adrián-todo-palabra.
Tal como ha previsto Oscar Martínez, el autor, el público toma partido, ríe y aplaude en distintos momentos, validando aquellos guiños que afligen al hombre desde siempre.
En ningún momento el personaje abandona la lógica de su propio caso. Aún cuando tenga la oportunidad de ?salvarse? hacia el fin de la obra, recaerá en su modalidad una y otra vez.
Esta lógica que permanece en toda la obra, da lugar a la honestidad y el coraje de su confesión de insomne. Los otros dos personajes, al modo de fantasmas, acompasan su desesperación.

El Dr Klimovsky, interpretado por Juan Leyrado, es la representación particular de este paciente quien intenta leerle los fallidos, vencerlo, y que también lo venera y encuentra una metáfora desopilante a lo que él supone que es el trabajo de un analista. Adrián se rebela ante las sesiones cortas, una marca de la práctica psicoanalítica de la época, queja coherente con el estilo del personaje. Podemos pensar que el doctor sólo en una escena se aparta del dispositivo psicoanalítico, pero esta intervención cae en las recreaciones del insomnio del protagonista.

Soledad Villamil logra una Laura ajustada y verosímil que no excede su condición de causa de deseo, compleja, aguda de palabra y extraviada en la fantasía de su marido.

Adrián, quien dice ?no creer en nada?, sí cree en su Laura. Es un experto en escudriñarla para nunca dar con la evidencia que lo seguirá perdiendo en el laberinto de su mismidad.

El cierre de esta historia no habrá de anticiparse en esta reseña. Los espectadores tendrán que apelar a su cuota de valentía, porque no se trata de una comedia para distraerse, sino para ver algunos nudos de imposible en lo posible en una relación de pareja.

Publicado en Leedor el 1-2-2005