Lo verdadero y lo falso en una relación bien consolidada

 

 

Un rato con él / Autores: Julio Chávez y Camila Mansilla / Dirección: Daniel Barone / Intérpretes:
Julio Chávez, Adrián Suar, Manuela Pal, Marcelo D´Andrea y Francisco Lumerman / Vestuario: Jimena
Bordes / Escenografía: Jorge Ferrari / Iluminación: Eli Sirlin / Música original: Nico Posse, Mono
Morello / Diseño de sonido: Gastón Briski, Alejandro Zambrano / Asistente de dirección: Ramón Gaona /
Producción general: Adrián Suar, Nacho Laviaguerre / Teatro: El Nacional / Duración: 80 minutos /
Nuestra opinión: muy buena

Qué es el teatro sino una copia de la realidad, una copia más o menos sensible, más o menos fiel de lo
que pasa allá afuera, en la vida misma. El concepto de copia atravesará toda la obra, en principio en
el plano argumental. Pero habrá más. Dos hermanos (Adrián Suar y Julio Chávez) se juntan luego de una
larga temporada sin verse para firmar un acuerdo de división de bienes a causa de la muerte de su
padre. Pero claro, no todo es tan fácil, y con esa herencia a dividir renacerán cuestiones pasadas que
no están saldadas. Incluyendo la certificación de autenticidad de un cuadro que anda por ahí con el que
podrán hacerse ricos. ¿Ese cuadro es el verdadero o una mera copia? Este es el puntapié inicial para
que estos hermanos se reencuentren.
Sus abogados serán los mediadores y la carta de presentación de cada quien: Darío (Suar) está
representado por una joven (Manuela Pal) que está dando sus primeros pasos en la abogacía. En cambio,
para Gregorio (Chávez), su abogado (Marcelo D’Andrea) es más formal, más servicial, le teme un poco a
este ser poderoso y soberbio que de entrada se configura como tal. A ellos se sumará Gómez Luengo
(Francisco Lumerman), un especialista en autenticar obras de arte para echar claridad sobre algunos
bienes a repartir. Pero, ¿quién será el verdadero juez de la copia? ¿Quién puede decir qué es verdadero
y qué no? La legalidad aquí se expone frente a la vida misma. ¿Qué es un hermano? ¿Un mero vínculo
legal?
Chávez tiene resto para construir a ese hombre feroz, seguro de sí mismo, que domina la situación como
nadie. Y encontrar también su debilidad, su talón de Aquiles, aquel resquicio que lo convierte en el
niño más sufriente de todos, el que reclama el amor de una madre y la atención de un padre. En la
inmensidad de esa mansión -gran despliegue escenográfico- lo que necesita es algo que no se compra y
que hace muchos años, cuando su hermano Darío tenía apenas dos años y llegó a esa casa encontró. Por su
parte, Adrián Suar se hace cargo del desafío. No es fácil, claro, compartir escena con Julio Chávez,
pero su trabajo está a la altura. No busca el chiste fácil ni el personaje simpaticón que suele ser su
lugar de confort (aunque Darío le calza muy bien), sabe que con cada gag vendrá un aplauso y una risa y
escapa, busca construir la contracara de ese hombre temible con meticulosidad. Darío es torpe,
nervioso, inseguro de los pasos que tiene que dar pero con la fortaleza de saberse conocido para sí
mismo. No tiene su tranquilidad económica, en cambio tiene esa familia que Gregorio añora.
Lo más interesante aquí es que de este primer encuentro repleto de papeles y nomenclaturas jurídicas se
llega a un encuentro personal y descarnado en el que estarán más expuestos que nunca. Ni Gregorio será
fuerte, ni Darío un inmaduro. Sino dos hermanos que quieren recuperar algo de lo que fueron. Desarmar
esa copia de sí mismos que construyeron -quizá para sufrir menos- para llegar a la esencia. Dejar de
simular y encontrarse de frente con ese original que supieron ser cuando eran chicos, desentendidos de
asuntos legales y vericuetos de adultos, y simplemente se querían y se cuidaban. “Vos hiciste que
sobreviva”, le arroja Gregorio a Darío desnudándose por completo.

Construida la pieza por el mismo Chávez junto a Camila Mansilla, se celebra que la calle Corrientes
reciba también a obras nacionales. Barone en la dirección, con su vasta experiencia televisiva, ayuda a
generar la dinámica de entradas y salidas con resultado satisfactorio. Los elementos escénicos, por su
parte, con gran eficacia se ponen al servicio de la historia para que ese encuentro tan ansiado se
despliegue y pueda tener todos los matices, cómicos, dramáticos y tormentosos, como la vida misma.

LA NACION SÁBADO 27 DE MAYO DE 2017