Ensayo sobre la identidad

 

 

Del otro lado del teléfono una voz desconocida dispara una pregunta tan simple como compleja. Quien escucha esas palabras es Inés, protagonista de la obra teatral La voz humana, de Jean Cocteau, que en medio de una escena en la que sostiene una conversación telefónica de ficción con su ex amante escucha una voz real que la interroga: “¿Quién sos?”. Desde ese momento, la actriz, que ya no podrá interpretar ese papel, busca dar una respuesta a esa pregunta y decide montar para eso una obra autobiográfica que lleve su propio nombre.

Ese es el punto de partida que imaginaron Julio Chávez y Camila Mansilla para Inés, una puesta en la que también comparten la dirección y en la que buscaron indagar sobre los orígenes, las vivencias que constituyen a las personas y aquello que, en definitiva, los hace ser quienes son. Y es en esa búsqueda donde se sumerge Inés, que elige llevar a escena tres recuerdos de su padre y su madre ya muertos, porque es en ellos y en el amor que construyeron donde ella descubre su identidad.

Mabel Salerno es quien encarna el rol protagónico con extrema delicadeza y simpatía, y aunque interpreta a una mujer de 50 años sus gestos y actitudes preservan la sensibilidad y la frescura propias de la infancia. Ella decide construir una versión teatral de sí misma, y para completar ese juego solicita la ayuda de una actriz y un actor, Esther y Nicolás, que serán los encargados de interpretar a su madre Flora y a su padre José. En ese doble rol, Chela Cardalda y Luis Canduci se complementan de forma armónica y se destacan ofreciendo personajes entrañables con actuaciones que aportan la simpleza y la ternura que reclama el texto.

En ese marco, el diseño escenográfico, pensado por Chávez, también refuerza el sentido metateatral de la puesta. Una cama de una plaza, un sillón, dos sillas y un teléfono antiguo recrean la habitación dispuesta inicialmente para el desarrollo de La voz humana y que Inés toma como escenario  para desarrollar su nueva obra. Y así el espacio, que nunca cambia, se adapta a las necesidades de una representación que se multiplica.

Atravesada fundamentalmente por lo identitario, la dramaturgia pone el foco en la relaciones afectivas entre una hija, su madre y su padre, al mismo tiempo que ahonda en una experiencia poco abordada como la del amor y la sexualidad en la tercera edad, desmintiendo que la pasión tenga fecha de caducidad. Sentimientos que bien podrían sintetizarse con la escena en la que José y Flora comparten un helado sentados al borde de la cama. Ese amor que se revela en lo cotidiano no está desprovisto de desencuentros, defectos ni oscuridades, sino que se muestra auténtico y humano en toda su complejidad, y eso es lo que resulta particularmente conmovedor de la pieza. Frente a todo eso, el público, al igual que la protagonista, se transforma en testigo. Porque, como dice Inés, “el amor -al igual que la belleza- se hicieron sólo para contemplar”.

 
06 de septiembre de 2019
pagina12.com.ar