Amor de… padre

He aquí un hermoso (otro más) filme argentino que habla de la soledad y la búsqueda de alguien por dejar huella en otro o, al menos, transmitir (y recibir) amor. No estamos lejanos a la idea de un western o, si se quiere, de una historia o desarrollo típico de la serie negra. Película, Un oso rojo, como otras argentinas que echa mano de la metáfora como forma de contar la realidad, con sus implicaciones sociales y políticas, de un país sujeto a extraños cambalaches.

Un hombre aislado del mundo. En las primeras imágenes del filme le vemos entrar en prisión. En un prólogo que prácticamente se corresponde con el genérico, se nos dicen muchas cosas de ese ser que se verá privado de libertad durante unos años al haber matado a un policía en un tiroteo. El protagonista es un ser violento, amante de su familia e incapaz de admitir lo que suponga trastocar su vida personal. De ahí su furor y su rabia al comprobar que su mujer, en la visita que le hace a la prisión, le ha abandonado y que ahora vive con otra persona. En cinco minutos escasos hemos seguido todo el proceso del protagonista, conocido como Oso, desde que entra en prisión hasta que sale una vez cumplimentada toda su condena. Un bello ejemplo el que nos depara el realizador, Caetano (autor de dos interesantes películas anteriores tituladas Pizza, birrra, fasso y Bolivia) y que supone una eficaz presentación tanto del filme como de su valía personal.

A partir de salida del “oso” de prisión arranca el filme. Vamos a asistir a la búsqueda, el encuentro si se quiere, de una personalidad, de algo que lleva implícito la necesidad, también, de ser alguien para alguien, de amar y sentirse amado. Una andadura la de nuestro Oso que es, en definitiva, el intento de conocerse, de encontrarse a sí mismo en una vida que se mueve al borde del precipicio. El sentido de western, más con implicaciones de serie negra, va dotando a Un oso rojo de un cierto carácter testimonial sobre la situación política argentina. Hay una necesidad de delinquir para poder salir adelante.
No hay ningún resquicio para unos personajes que habitan en el mundo de la pobreza o del delito. La visión demoledora del país vista desde la historia puede ser semejante a la que planteara en su día Nueve reinas. Un método indirecto y desde El sentido de western, más con implicaciones de serie negra, va dotando a Un oso rojo de un cierto carácter testimonial sobre la situación política argentina. perspectiva diferente, en ambos casos, para dibujarnos la realidad de la Argentina de ahora mismo.

No hay salida en el filme para ningún personaje. La ex-mujer del Oso, moviéndose entre el amor y la comodidad sigue ahora, en su nueva convivencia (escasamente querida pero precisa de ser aceptada) unida, desde otra dimensión, al mundo de engaños y miseria. El mundo familiar en que se movía Oso parece haberse derruido. En su mundo, ahora, no existe ni familia, ni amigos, aunque aquella aún le atraiga y sea necesaria para concederle el aliento para vivir. El mundo de los amigos ocasionales, que forman parte del mundo del delito, es una mentira. Poco se puede esperar de ellos. Habrá que estar al tanto para evitar ser catapultado hasta la muerte por sus continuas trampas.

Oso se mueve entre el mundo familiar y el del hampa. Dos formas diferentes de relacionarse con sus dos (opuestos) mundos. Ambos necesarios para poder vivir. Y hasta cierto punto en ambos es rechazado de una u otra manera, ya que ha dejado de pertenecer a ellos desde el momento que se le separó, aisló, de la sociedad.

Por esas circunstancias del destino, el protagonista (estupendo Julio Chavez, imitador consciente de la tipología expuesta por los grandes actores del policiaco americano y muy especialmente de Bogart) se convierte en una especie de ángel (terrenal) de la guardia para su familia. Es el protector de los suyos. Le ha sido imposible olvidar el amor que sentía hacia su mujer (otra actriz extraordinaria, Soledad Villamil, a la que habíamos visto en El mismo amor, la misma lluvia), y mucho menos el que tiene por su hija. Un cariño que le conduce hacia los que formaron parte de su entorno y a los que se siente unido por unos fuertes lazos. Necesita convertirse en su protector. No es casual que la casa en la que vive su ex-mujer, su nuevo compañero y su (casi) desconocida hija, se encuentra aislada, separada del resto como si fuera una isla. Una vida familia, la suya, la de los otros, marcada por el fracaso. Y es que Un oso rojo, como los grandes policiacos, es una película que tiene como protagonistas a seres que forman la gran Estupendo Julio Chavez, imitador consciente de la tipología expuesta por los grandes actores del policiaco americano y muy especialmente de Bogart legión de los perdedores. Ni su mujer puede ser feliz (siempre escoge al compañero equivocado), ni él puede cambiar su vida: no sabe hacer otra cosa diferente.

En la nueva familia constituida después de la marcha del protagonista a prisión destaca el personaje de su hija, una niña a la que recuerda con pocos meses (es apresado durante la celebración de su primer cumpleaños) y ahora aparece, se le muestra en su camino hacia la adolescencia, como alguien (al igual que él) solitario y deseoso de cariño. Es hermosa la relación entre el padre y la niña. Un encuentro, un conocimiento, un lazo fuerte de unión. El padre perdido y encontrado, el padre quizá soñado, mitificado, hecho realidad. No es suficiente querer borrar una vida, eliminar imágenes pasadas, porque la vida vuelve a poner las cosas en su sitio. El duro Oso, flamenco o víbora a la que no se le ha quitado el veneno (acaso importa), buscando a su hija, enseñándola a ser, apareciendo a sus ojos como un héroe. Mientras, el compañero de su ex-mujer trata (inútilmente) de acercarse a la niña y, en un intento de correspondencia, darle su amor. Oso entra en su vida como un padre mítico, tantas veces venerado en su crecimiento. Bella historia la de Oso y su hija. Debe protegerla, aunque sabe que nunca podrá estar a su lado. Y la hija debe, ante todo, comprender que el padre es un ser humano que a veces (como en el hermoso cuento que lee la madre a la hija) ve cómo las víboras, que “calzan” los flamencos, necesitan ponerse en movimiento.

Camino de encuentro de padre e hija, humanización de un personaje cara al espectador. No hay malos ni buenos entre los personajes principales. Simplemente hay seres que buscan un sitio en un mundo oscuro, lleno de engaños. La niña sabrá algo más de su padre y, al final, mientras él se marcha hacía allá, hacia lo desconocido, su hija habrá colocado en su altar particular los objetos que recibió del padre, muy en especial ese oso rojo que ocupara un lugar prioritario en su habitación y… en su vida. No podrá olvidar a su padre que quizá muera en cualquier enfrentamiento con la policía o con sus compañeros (?). Hermosas las escenas entre padre e hija, las conversaciones en el coche, en la casa. Sus juegos, sus miradas intentando conocerse, sus mundos (y códigos) secretos o el hermoso detalle del nombre de la hija grabado en su brazo (“no lo borra el agua”). El padrastro (otro mísero perdedor) no sabe contestar a muchas de las preguntas que la niña (en realidad test a los que le somete de una u otra manera) le plantea, de forma que se ve incapaz de acceder a un mundo (el problema de las chapas que, por ejemplo, no lo puede resolver) al que sólo el padre puede llegar. Quizá la secuencia más hermosa del filme es aquella del tiovivo en la que la hija asiste a distancia a la humillación del “cacheo” de su padre por la policía.

Negra y lúcida, hermosa y cruel, Un oso rojo es una película que sigue fielmente la estructura de género. Tiene momentos excelentes como la secuencia del atraco orquestada con el cante del himno nacional argentino. Momento logrado y no tan forzado como pueda parecer: la niña, en paralelo, asiste al acto final de curso mientras el padre Tiene momentos excelentes como la secuencia del atraco orquestada con el cante del himno nacional argentino. Momento logrado y no tan forzado como pueda parecer: la niña, en paralelo, asiste al acto final de curso mientras el padre “trabaja” en un gran atraco. “trabaja” en un gran atraco. Quizá la escena sea demasiado elemental pero, con todo, tiene garra.

Personajes deambulando por un mundo oscuro, negro, donde la lluvia (y la noche) parecen dominar sobre la ciudad. No hay sol en su existencia ni en el lugar donde habitan. Vidas en busca de un único destino liberador: la muerte. A lo mejor la hija encuentra otra forma de país, de vida. De momento sabe que debe leer para aprender. Y a eso se aplica en cualquier sitio o lugar. Debe saber más

Oso se mueve entre el amor a su hija y la violencia exigida por su profesión (?). Asombra, después de haber comprobado el amor que muestra por su hija (y por cuantos la rodean) cómo es capaz de asesinar a sangre fría a alguien que no le ve en la escena del atraco. Pero no resulta muy convincente su actuación en las refriegas contra sus compañeros. Las dos escenas finales de sangre y muerte resultan demasiado ilógicas. Quizá su “realidad” se encontrase mejor en la mitificación de la hija de unos recuerdos pasados. Pero eso no está el filme, lo que vemos es otra cosa. Ilógica, más que el enfrentamiento en el coche, es la lucha en el bar del Turco (un estupendo personaje genérico) que concluye con esa imposible muerte (¿de western?) de dos personas por medio de ¡una sola bala! de Oso.

El cine argentino vuelve, una vez más, a mostrar que es importante, una de las cinematografías, sin duda, más sugerentes del momento actual. Un oso rojo confirma tanto la madurez de ese cine como el indiscutible valor de un joven realizador, Adrián Caetano. Un filme, en resumen, sugerente, tan hermoso como doliente. Historia, la que plantea el realizador, de amor, soledad y muerte.

Mister Arkadin
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